Mary Shelley o la mujer que parió a Frankenstein.

Feminista y libertaria, dueña de su vida y su dolor, coleccionista de ausencias y escritora sin par. Así fue, así es, Mary Wollstonecraft Godwin, Mary Shelley, la mano que mece la cuna de Frankenstein.

Mary Shelley, MARY SHELLEY, Mary Shelley, MARY SHELLEY… ni aun repitiéndolo mil veces ni gritándolo a voces conseguiremos que el nombre de esta magnífica escritora alcance la mitad de la popularidad que alcanzó uno de sus personajes, uno que conocemos como Frankenstein aunque, en realidad, era un monstruo sin nombre, Victor Frankenstein es el médico que lo inventó (con el permiso y las ideas de Mary Shelley, claro); pero no vamos hoy a hablar del monstruo vivo compuesto de restos de muertos sino de la mente que lo parió, la de nuestra querida y admirada Mary Shelley.

Si te acercas a Frankenstein, la novela, sin saber nada de su autora cabe que acabes preguntándote qué tendría en la cabeza su autora para idear semejante locura de historia pero si te acercas a Mary Shelley y a su tiempo comprenderás mucho mejor tanto la lógica como el valor de esta novela y eso es lo que vamos a hacer hoy, acercarnos a la Shelley en el 222 aniversario de su nacimiento.

Para empezar lo primero que hay que tener muy en cuenta es que Mary Shelley fue hija de dos figuras notables y controvertidas a la vez: Mary Wollstonecraft, activista de la época y autora del ensayo ‘Reinvincidación de los derechos de la mujer‘, que murió cuando nuestra escritora no contaba más que unos días por complicaciones derivadas del parto (¡ay la falta de higiene de los médicos de entonces! los descubrimientos de Pasteur en cuanto a la importancia de la desinfección y la higiene estaban todavía por llegar y las manos no lavadas del médico que la atendió en el parto acabó con la vida de la Wollstonecraft) y William Godwin, un filósofo y político también de notable y controvertida fama que es considerado por muchos como uno de los padres del anarquismo pero que demostró, por la vía de los hechos, que una cosa era hilar pensamientos revolucionarios y otra muy distinta admitir que su hija comulgara con ellos también por la vía de los hechos.

Godwin y Wollstonecraft defendían ideas revolucionarias que en gran medida confluían en el mismo pensamiento, Godwin era partidario del amor libre y Wollstonecraft de  la independencia de las mujeres, nadie ha declamado contra el matrimonio más ni mejor que Godwin, algo que Wollstonecraft aplaludía, pero se casaron. William Godwin y Mary Wollstonecraft, por entonces madre de una hija de una relación anterior, deciden casarse por el bien de su futura hija pero lo cierto es que su matrimonio fue tan criticado como lo hubiera sido su unión sin firma mediante: decepcionaron a los seguidores de sus planteamientos iniciales al hacer aquello contra lo que predicaban y los defensores del matrimonio no les perdonaron sus palabras a pesar de haberse casado. Y, después de todo ésto, Mary Wollstonecraft muere tras parir a la que se convertirá en Mary Shelley y William Godwin adopta a la hija mayor de Wollstonecraft para educarlas a ambas como hermanas (aunque siempre tuvo muy claro que sólo la Shelley era su hija).

Ese es el marco familiar que se encontró la pequeña Mary Shelley (por entonces Mary Wollstonecraft Godwin), un panorama que no mejoró porque su padre, un tiempo después de la muerte de su madre, se casó con otra mujer a la que Shelley siempre vio como a la madrastra mala de los cuentos; en contraposición a esta desgracia Mary pudo leer a placer, algo no habitual en esta época, porque su padre le permitía moverse libremente por su biblioteca alimentando su imaginación y su bagaje literario. Y es que Godwin respetó las ideas de Mary Wollstonecraft, quien defendía la educación igualitaria entre niños y niñas, es decir, el derecho de las niñas a la educación, algo revolucionario en aquella época.

Pero el pensamiento trajo poder y conocimiento y, ataviada con ellos, la raza del hombre asumió dignidad y autoridad.

Fue precisamente la vida cultural de su padre la que lleva a Mary Shelley a conocer a un poeta que era a su vez admirador de Godwin (y, como él, particiario del amor libre), Percy Shelley, un hombre ya casado y con dos hijos… que se enamoró perdidamente de Mary como Mary de él para lamento y disgusto de Godwin; tras confesarse su mutuo amor en la tumba de Mary Wollstonecraft (a quien Mary Shelley añoró toda su vida y a quien Percy Shelley admiraba tanto como a Godwin), se fugaron juntos, él abandonando a su esposa e hijos y ella a su padre, el defensor del amor libre que no encajó bien que fuera precisamente su hija y con un discípulo intelectual suyo quienes vivieran deacuerdo con sus ideas.

Comienza así nuestra escritora una vida de viajera, ya fuera por los problemas económicos que nunca lograron resolver o por los problemas de salud de Percy que lo hacían buscar lugares más cálidos, no dejarían de mudarse regularmente hasta la muerte de Percy, momento en el que Mary vuelve, muy a su pesar, a Londres.

No deseo que las mujeres tengan más poder que los hombres, sino que tengan más poder sobre sí mismas.

Claro que antes de aquel triste regreso a casa pasaron muchas cosas, muchas de ellas terribles: la primera fue el daño que sufrió la relación de Mary con su padre tras su fuga, por muy revolucionario que fuera Godwin no supo asimilar la fuga de su hija con un hombre casado y, aunque su relación mejoró con el tiempo, nunca volvió a ser buena, algo a lo que también colabaroaron las exigencias económicas del padre… los Shelley solían enviarle dinero pero su economía nunca fue buena así que ésto fue motivo de fricción en no pocas ocasiones; en todo caso, muerto Percy, es Godwin quien pide a la hija que regrese a casa y ella, a su pesar, accede a tal petición.

Durante la peregrinación del matrimonio Shelley por Europa pasaron muchas cosas, pocas buenas y muchas terribles, entre las buenas cabe destacar el encuentro entre los Shelley y Lord Byron, de este encuentro nace Frankenstein ¡vaya si es importante!; en 1816 se vive en Europa el año sin verano (o del verano que nunca fue) debido a una histórica caída de las temperaturas y a una exagerada actividad volcánica, centrada especialente en la erupción del volcán del Monte Tambora, que oscureció excepcionalmente la tierra; en esos días oscuros de mucha casa y mucho tiempo libre Byron propone un entretenimiento magnífico a los Shelley y a algún otro amigo: escribir un relato terrorífico… Mary Shelley escribió Frankenstein, Percy Shelley hizo las revisiones del texto y Godwin lo publicó. La obra fue un éxito.

En el aspecto más íntimo y personal, Mary tuvo cuatro hijos con Percy pero sólo uno le sobrevivió como sobrevivió ella a su marido que murió ahogado al hundirse su barco en una tormenta en Italia cuando contaba tan solo 29 años.

Si seres tan hermosos eran desdichados, no era de extrañar que yo, criatura imperfecta y solitaria, también lo fuera.

Un año después de la muerte de su marido, Mary regresa a Inglaterra para criar a su hijo y centrarse en su carrera literaria, algo que logra con mucho esfuerzo y no pocos problemas, baste decir que firmaba sus obras como ‘del mismo autor que Frankenstein‘ ocultando de este modo su nombre y el hecho de que era mujer porque cuando se supo que Frankenstein lo había escrito una mujer (se había publicado sin mentar a Mary y todo el mundo creía que era obra de Percy Shelley) las ventas bajaron estrepitosamente, algo que Mary no podía permitirse, Frankenstein era su principal fuente de ingresos; cuando su hijo terminó sus estudios, madre e hijo volvieron a la vida viajera por Europa; de ahí en adelante Mary tuvo que enfrentar diferentes chantajes por Europa a cuenta de su vida anterior o cartas que hubiera enviado y serios problemas de salud que acabaron costándole la vida. Tenía 53 años.

Ésta fue, en grandes trazos gruesos, la azarosa vida de Mary Shelley, una mujer extraña y de corazón triste que echó tanto de menos a su madre que creció leyendo junto a su tumba, que añoró tanto a sus hijos muertos que guardaba reliquias suyas y los veía en sueños y que amó y lloró tanto a su marido que conservó su corazón (literalmente) envuelto en un poema y fue enterrada con él. Eran los tiempos del avance de la medicina y en paticular de la anatomía, del robo de cadáveres para ser diseccionados en las clases de anatomía y de las operaciones sin anestesia; el conjunto de todo ésto, bien mezclado con el talento de Mary Shelley, dio lugar Frankenstein y a otras novelas cabe que menores pero igualmente deliciosas a la par que desgarradoras como Mathilda, una obra que Mary escribió en Italia y que contó con el beneplácito de su marido Percy pero no así de su padre, que se negó a publicarla (Mathilda no se publicó hasta más de un siglo después de la muerte de Mary Shelley).

Hay quien dice que Frankenstein es una alegoría feminista que refleja el desastre que sucede cuando un hombre trata de tener un hijo sin una mujer (y sin Dios mediante, añadiríamos) pero eso a nosotros, que aceptamos y aplaudimos la definición de Frankenstein como la primera novela de ciencia ficción del mundo, esa explicación se nos antoja imposible porque el mostruo sin nombre (que acabó adoptando y casi robando el nombre de su padre) creado por el doctor Frankenstein sí tenía madre, fue Mary Shelley la mujer que parió a Frankenstein (el vivo monstruo cadavérico).

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