George Eliot, el mejor novelista inglés porque así lo quiso ella.

¿El Cervantes inglés era, en realidad, mujer? probablemente sí y nosotros te contamos quién era, escribía bajo el pseudónimo de George Eliot.

Decir que George Eliot es el mejor novelista inglés (o en inglés…) nos lleva directos a dos críticas: la primera es que eso de ‘el mejor’ es siempre mucho decir, no vamos a discutirlo, matizamos nuestro titular y lo dejamos en que George Eliot está, sin dudar a duda alguna, entre los mejores novelistas de la literatura en inglés; la segunda crítica es una cuestión de género (o de sexo, que nos traemos con ese asunto curiosas polémicas de un tiempo a esta parte) y es que George Eliot no es él sino ella pero si Mary Anne Evans quiso ser, en el mundo literario, Geoge Eliot ¿quienes somos nosotros para llevarle la contraria? otra cosa es que esa decisión, la de escribir bajo un pseudónimo masculino, merezca entrar en más detalles.

Decir que Mary Anne Evans quiso publicar con pseudónimo masculino para ahorrarse el habitual ninguneo, cuando no rechazo, de las editoriales a las mujeres que tenían la osadía de escribir, es simplificar lo que ocurrió más allá de lo razonable; lo cierto es que en tiempos de George Eliot –respetaremos de aquí en adelante el deseo literario de Mary Anne Evans de ser George Eliot– si bien la igualdad era una ensoñación, había ya importantes escritoras que publicaban sus obras, el problema de Eliot es que era terriblemente dura con ellas, las leía con los prejuicios del mundo editorial y consideraba sus obras como escritos intrascendentes, no era en absoluto condescendiente con el costumbrismo de Jane Austen ni tampoco con la emocionalidad de las hermanas Brönte, no quería ser una de ellas y por eso escondió su feminidad tras un pseudónimo masculino; dicho de otro modo, George Eliot no tenía un problema con la discriminación que sufrían las escritoras frente a los escritores (o no solo…) sino que su problema es que no quería engrosar el grupo de las escritoras de su tiempo, de ahí que decidiera, en el ámbito literario, hacerse pasar por hombre; ahora bien, del mismo modo que el traje de hombre no era más que un medio para Concepción Arenal (que fue la primera mujer en ir a la universidad en España aunque para lograrlo tuvo que hacerlo sólo como oyente y haciéndose pasar por hombre) para George Eliot su pseudónimo no era más que eso, un nombre, ella (Mary Anne Evans) es la mano que mece la cuna de sus ideas, él no existe, él es la ensoñación.

En ningún momento he dudado que las mujeres son tontas. Al fin y al cabo el Todopoderoso las creó a imagen y semejanza de los hombres.

Ahora que sabemos por qué él es en realidad ella, vamos a conocer un poco mejor a George Eliot.

Nació en una familia de clase media en el corazón de los Midlands, en Nuneaton, una localidad a unos 32 kilómetros de Birmingham y a algo más de 150 de Londres el 22 de noviembre de 1819; su padre era el encargado de la granja y castillo de Arbury Hall, su madre la hija del dueño del molino y ella era la más pequeña de tres hermanos (aunque cabría decir de cinco porque su padre tenía dos hijos de una relación anterior, claro que no vivían con la familia Evans); desde niña resultó ser una mujer cuando menos peculiar para su época, viviendo en una familia acomodada se esperaba de ella que se cultivara con el objetivo de casarse bien pero a nuestra escritora le importaba un bledo el matrimonio, era libre de corazón y las costumbres de la época no calaban en ella, se convirtió en una lectora empedernida y, como tuvo la suerte de contar con unos padres que no se empeñaron en dirigir la vida de sus hijos sino que les permitieron emprender sus propios caminos, George Eliot (por entonces Marian para los amigos) no tuvo problemas ni encontró impedimento familiar alguno para continuar con sus lecturas y sus estudios; hasta los 16 años cursó estudios en diferentes escuelas pero tuvieron especial importancia en ella los años que pasó en una escuela de monjas bautistas porque, además de que fueron los más importantes en el desarrollo de un niño (de los 13 a los 16 años) fue allí donde aprendió francés y leyó a Pascal.

Con 16 años perdió a su madre y tuvo que hacerse cargo de la casa paterna dejando la escuela pero, como nuestra escritora tenía ya formado el espíritu libre que la acompañaría toda su vida, no sólo no abandonó los estudios sino que consiguió que su padre le pusiera un preceptor en casa y compaginó sus deberes como responsable de la casa con su formación. Así transcurrieron los siguientes cinco años de su vida, hasta que cumplidos los 21, el matrimonio de su hermano la libró de sus responsabilidades en la casa familiar.

Bendito sea el hombre que no teniendo nada que decir, se abstiene de demostrárnoslo con sus palabras.

Fue entonces cuando comenzó a experimentar dudas religiosas a pesar de su educación con las monjas, unas dudas que encontraron camino libre cuando comenzó a frecuentar las tertulias literarias, en las que conoció a Emerson, en Coventry, localidad a la que se mudó con su padre tras la boda de su hermano; por aquel entonces George Eliot era ya una mujer de notable cultura, sabía latín, griego y alemán y tenía conocimientos de francés e italiano; amplió sus lecturas y llegó a tener contacto con Stuart Mill, liberal y feminista donde los haya, y ya no hubo vuelta atrás para nuestra escritora, no era una mujer de su tiempo sino de un tiempo al que todavía le faltaban décadas para llegar y ésto no era así por casualidad ni exclusivamente por el carácter de Eliot sino por su educación y sus lecturas.

El único roce que tuvo con su padre vino por el camino de la religión porque el señor Evans era muy religioso pero podríamos decir que nunca llegó la sangre al río, él llegó a amenazarla con echarla de casa, ella trató de guardar sus ideas para sí y mantener las formas por respeto a las canas de su padre y siguió llevando la pequeña casa que compartían hasta que, cuando cumplió 30 años, su padre falleció.

A partir de ese momento George Eliot no sólo se sientió tan libre como siempre sino que lo fue más que nunca y lo primero que hizo fue irse de viaje por Europa, un viaje que duró un año y tras el cual regresó para trabajar en una revista liberal –Westminster Review– de la que llegó a ser subdirectora; en los años siguientes, y gracias a su trabajo en la revista, se relacionó con lo más granado de la sociedad cultural de su tiempo, fue entonces cuando conoció a Lewes, el filósofo del que se enamoró; él estaba casado pero el suyo era un matrimonio abierto y como las convenciones sociales no estaban hechas para el espíritu libertario de Eliot, su relación (aumque con altibajos) duró hasta que la muerte (la de él) los separó. Dos años más tarde decidió casarse y lo hizo con un viejo amigo, John W. Cross. Este matrimonio, que pasa por ser un asunto menor en su vida puesto que su gran amor fue Lewes, es importante porque aunque a nuestra escritora le importantes poco las convenciones sociales, lo cierto es que en su época eran importantes y mantener una relación con un hombre casado, aunque trataron de ser discretos, le supuso el rechazo de su familia y un no mejor rechazo social, al casarse con Cross tras la muerte de Lewes se reconcilió en cierto modo con el mundo (o el mundo con ella, sería más exacto decir).

La crueldad, como cualquier otro vicio, no requiere ningún motivo para ser practicada, apenas oportunidad.

Diez años después de la muerte de su padre, a finales de la década de los 50 y ya enredada en sus amores con Lewes, fue cuando Eliot decidió publicar bajo el pseudónimo de un hombre, Marian (Mary Anne Evans) se convirtió entonces en George Eliot para ocultar su condición de mujer y asegurarse así una mirada más objetiva sobre su trabajo, un trabajo que fue ganando en importancia desde sus traducciones y relatos hasta su poesía pasando por sus dos grandes novelas: Middlemarch (para muchos la mejor novela escrita en lengua inglesa) y El Molino de Floss (su última obra).

Virgina Wolf, cuya opinió veneramos, decía de Eliot que fue el escritor (y escritora) que hizo entrar la novela inglesa en la edad adulta y eso nos lleva a recordar que cuando hablamos de los grandes de la literatura en inglés nos referimos siempre en primer lugar a Shakespeare y trazamos las líneas invisibles que nos llevan a considerarlo el Cervantes de la literatura en inglés, con una salvedad: Shakespeare era poeta y dramaturgo… ¿quién es entonces el gran novelista en inglés? hay quienes hablan de Joyce (y Wolf se remueve en su río y en su tumba cada vez que lo oye porque ella no pasó de las 200 páginas del Ulises y así lo reconocía públicamente), otros hablan de Dickens, sin duda más asequible que Joyce y un novelista de nivel excepcional, si metemos en la discusión a las hermanas Brönte o a Jane Auste será la propia Eliot quien se rebele contra nosotros, no porque se considerara superior a estas escritoras sino porque consideraba sus obras demasiado sencillas, simples (que viene a ser lo mismo pero no igual), Henry James es otro de los posibles… claro que él era a su vez un gran admirador de Eliot por lo que finalmente llegamos a ella, a George Eliot porque ella es, para muchos, el verdadero Cervantes de la literatura en inglés, su mejor novelista.

Cuando llega la muerte, la gran reconciliadora, jamás nos arrepentimos de nuestra ternura, sino de nuestra severidad

Por suerte para los amantes de la lectura, la literatura no es como el fútbol o cualquier competición deportiva en la que ganas o mueres, aquí hay sitio y lugar para todos los buenos tanto si son los mejores como si sólo se acercan a serlo porque, si hablamos de los clásicos, no hay libro malo sino buen o mal momento para leerlo y si ahora quieres leer una gran novela que te permita conocer más y mejor el mundo inglés en el S.XIX, te sugerimos dos: Middlemarch (prepárate para afrontar un novelón de casi mil páginas) y El Molino de Floss (si el volumen te asusta, ésta te tentará más, poco más de 400 páginas).

Las palabras no se las lleva el viento

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