Francis Scott Fitzgerald, un cuentista americano.

Famoso por su Gran Gatsby e inolvidable por sus cuentos, un tipo elegante y ocurrente, así era Francis Scott Fitzgerald.

Pues sí, Francis Scott Fitzgerald era un gran cuentista, en las revistas culturales de su época se rifaban sus cuentos (no todos) y como novelista sólo enamoró en su tiempo con su primera novela (que no fue El Gran Gatsby sino A este lado del Paraíso) pero, cosas de los gustos literarios, hoy en día Fitzgerald es el Gran Gatsby más que ninguna otra cosa y de sus cuentos nos acordamos porque Brad Pitt se convirtió en Button… pero empecemos por el principio.

Fitzgerald nació en el seno de una familia de clase media y de ascendencia europea -inglesa e irlandesa por parte de padre e irlandesa por parte de madre-, para cuando llegó al mundo ya habían muerto sus dos hermanas mayores y también una prima carnal, que fue condenada a morir colgada por participar en una conspiración que tenía como fin matar a Abraham Lincoln; así las cosas, supo desde niño que sería escritor (historias no le faltaban…).

Muéstrame un héroe y te escribiré una tragedia.

Estudió en un par de escuelas católicas, tal era la confesión de sus padres, y desde el principio mostró inteligencia y gusto por la literatura; con 13 años publicó su primer relato; en el instituto jugaba al fútbol pero en la Universidad de Princeton no logró entrar en el equipo y decidió centrarse en aquello para lo que había mostrado talento desde niño, la literatura; en sus tiempos de universitario conoció a Ginevra King, una joven de la alta sociedad de Chicago con la que coqueteó mientras ella quiso y en cuya belleza y encanto se basó para crear personajes tan míticos como nuestra querida (o no tan querida) Daisy en El Gran Gatsby; a pesar de todo las cosas no le iban muy bien en la universidad porque prestaba más atención a sus relatos que a sus clases así que la posibilidad de alistarse en el ejército fue, en principio, casi una salvación, claro que después vino el miedo… Fitzgerald temía morir en el frente y no poder desarrollar la exitosa carrera literaria con la que soñaba pero para cuando la guerra terminó (en 1918) Fitzgerald no había sido todavía enviado al frente y se licenció sin un rasguño.

Me gustan las fiestas grandes. Son tan íntimas. En las reuniones privadas no hay ninguna intimidad.

Por entonces ya conocía a la mujer que se convertiría en el amor de su vida (al menos durante un tiempo), Zelda, pero la chica en cuestión pertenecía a la alta sociedad de Alabama y si bien aceptó su propuesta de matrimonio, éste no podría realizarse hasta que Fitzgerald mejorara su situación económica, algo que tardó tanto en suceder que Zelda rompió el compromiso; afortunadamente para nuestro escritor (o no), para cuando logró vender A este lado del Paraíso, su primera novela, Zelda seguía soltera y no dudó en renovar su compromiso. Se casaron y tuvieron una hija.

Las cosas no fueron a partir de ahí como Fitzgerald había soñado; sólo su primera novela le reportó los beneficios que necesitaba para mantener el lujoso tren de vida de su familia, y tuvo que decicarse a escribir, a su pesar, relatos para revistas e historias que vendía a los estudios de Hollywood, por entonces era buen amigo de Ernest Hemingway (que ya entonces detestaba a Zelda), con quien coincidía en sus viajes a París y a la Costa Azul Francesa (ese era su tren de vida…) y ambos consideraban los relatos y las historias para Hollywood una suerte de prostitución de su talento, eso sí, con los ingresos que obtenía podía malamente cubrir sus gastos que no eran pocos porque a su lujoso estilo de vida había que sumar el tratamiento de Zelda… tenía esquizofrenia. Y por si todo ésto no era suficiente, Fitzgerald bebía más de la cuenta.

El estado natural del adulto sensible es una infelicidad calificada.

Fitzgerald vivió plenamente dos décadas antagónicas, los felices años 20 (para él, la era del jazz) que acabaron con el crack del 29 y los terribles años 30; en 1940 y a la edad de 44 años se despedía del mundo a causa de un infarto de miocardio provocado, probablemente, por los problemas con la bebida que arrastraba desde hacía años. Sus últimos años fueron intensos y convulsos, la relación con Zelda se volvió imposible y consiguió internarla en un psiquiátrico, él se instaló en la meca del cine convertido, según sus propias palabras, en un escritorzuelo de Hollywood, trabajó un tiempo para la Metro Goldwyn Mayer y después como guionista independiente, todo ello mientras continuaba trabajando en sus novelas y en sus cuentos y disfrutando de alguna que otra aventura. Sheila Graham fue su último amor, con ella compartió los últimos tres años de su vida. Su última novela quedó inacabada.

Cuando te emborrachas no rompes nada excepto a ti mismo

Fitzgerald murió en 1940 y Zelda lo hizo 8 años más tarde en un incendio que sufrió el asilo psiquiátrico en el que vivía (al más puro estilo Rochester*, sí, sólo que en un asilo en lugar de en una gran casa británica…), la hija de ambos se ocupó de que pudieran recibir sepultura en un cementerio católico en Maryland, están enterrados juntos bajo una lápida en la que puede leerse el último párrafo de El Gran Gatsby a modo de epitafio.

De vida desorganizada y apasionada Fitzgerald vivió intensamente, se privó de poco y se sintió a disgusto con mucho, no disfrutaba de su trabajo como guionista, tampoco se sentía cómodo con sus cuentos, especialmente porque los que a él más le gustaban eran los que menos solían gustar a los editores de las revistas que debían comprarle lo derechos y como novelista, además de lo que le costaba acabar una novela al tener que dedicar tiempo a los cuentos y los guiones para sostener su vida, tuvo un éxito irregular y casi diríamos que a destiempo; la vida se le pasó volando y es que apenas vivió la mitad, hay quien dice que por problemas de salud que arrastraba desde joven (se habla incluso de tuberculosis) pero la versión comumente aceptada es que fue su adicción al alcohol, que comienza en sus tiempos de estudiante en Princeton, la que le acortó severamente la vida, su corazón no pudo con tanta espirituosidad…

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*En la novela Jane Eyre la esposa del Sr Rochester, loca y encerrada en unas estancias apartadas de la gran mansión de su esposo, muere en un incendio.

Las palabras no se las lleva el viento

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