Escritor y espía (o viceversa), Graham Greene fue un niño acosado en el colegio y un adolescente con tendencias suicidas, marido infiel, viajero incansable y, al fin y a la postre, un defensor de la libertad.
William Shakespeare, dramaturgo, poeta, creador de palabras, historias y personajes. Uno de los más grandes escritores que nunca han existido.
James Joyce, el escritor al que no entendía ni su mujer, era un tipo mal hablado, introvertido, derrochador... y autor de una de las obras más innovadoras de la literatura universal, Ulises.
H. G. Wells pasa por ser, con el permiso de Julio Verne, el padre de la literatura de ciencia ficción y por eso un astroblema en la cara oculta de la luna lleva su nombre.
El poeta del imperio, le llamaban, y cabe que lo fuera (o no). Lo que sí fue (y es), además de un magnífico poeta, es uno de los mayores cuentistas que el mundo recuerda. Hablamos de Rudyard Kipling.
Oscar Wilde, todo un personaje de las letras angloirlandesas del que te resultará imposible no enamorarte.
Y quien dice al miedo dice al terror, al pánico, al espanto y al misterio, a la locura, a la maldad, a lo absurdo... en definitiva, a un mundo oscuro de gran maestría literaria, la de Edgar Allan Poe.
Famoso por su Gran Gatsby e inolvidable por sus cuentos, un tipo elegante y ocurrente, así era Francis Scott Fitzgerald.
William Golding fue el caballero británico y Premio Nobel de Literatura que nos advirtió que podemos evolucionar hacia lo racional y lo civilizado pero también hacia lo salvaje.
Washington Irving fue el primer escritor genuinamente americano, el primero norteamericano en vivir de la literatura, el primer hispanista, un pionero de la literatura norteamericana que vivió en La Alhambra.