El Retrato de Dorian Gray o el lado oscuro del hedonismo.

Dorian Gray era la belleza personificada pero sólo por fuera y su retrato, en forma de novela, es una versión de la historia de la bestia sin más bella que ella misma y con un final de pura justicia poética.

De El Retrato de Dorian Gray hemos de reconocer que nos gustan muchas cosas pero la que más nos enamora son los diálogos, se trata de conversaciones entre personajes que vamos conociendo capítulo a capítulo y que demuestran, en el fondo, la maestría de Oscar Wilde como dramaturgo; en no pocas ocasiones es en esos diálogos, especialmente aquellos en los que están involucrados tanto Gray como su querido amigo Lord Henry Wotton, donde contramos algunas de las sentencias más memorables de la novela y del propio Wilde, frases de las que no admiten respuesta y mueven a la reflexión porque son, en definitiva, afirmaciones que tienen mucho de revolucionarias y no siempre resultan tan certeras como aparentan (o sí, eso dependerá de la reflexión de cada cual…).

La finalidad de la vida es el propio desarrollo.

Al principio de la novela Dorian Gray es guapo, inocente, bello en definitiva por dentro y por fuera, al final sigue siendo guapo pero su bondad y su inocencia son digas de que las pongamos en tela de juicio; claro que la novela no va sólo de la evolución de Dorian Gray sino del papel que juegan en ella dos amigos suyos, Lord Henry Wotton, acusado cuando la novela no ha hecho más que empezar de ser una mala influencia y Basil, un pintor que, como artista que es, enaltece la belleza sobre todas las cosas pero que mantiene, además, un buen corazón.

Resulta muy complejo e inevitable a la vez encontrar a Wilde en esta novela, el gusto por las cosas bellas de Basil es muy de Wilde y la mordacidad de Wotton también, la elegancia de Dorian por su parte es también muy propia del autor de la novela, una historia que se lee rápido porque, además de no ser muy larga, es de esas que te atrapan, tiene algo de thriller y, si me apuran, hasta de distopía, unas gotas de fantasía, otras de un horror que nos traslada al romanticismo más tétrico y sorprendente (el de Mary Shelley, por ejemplo) y, por extraño que parezca, es también, cabe que sea por encima de todo, una novela de personajes, el retrato no es en realidad más que la excusa para que se conozcan entre ellos y conozcamos nosotros a los tres personajes sobre los que gira la historia: Gray, Henry y Basil.

Todos llevamos dentro el cielo y el infierno.

Hace poco os recomendábamos la lectura de un cuento de Francis Scott Fitzgerald en el que se nos contaba la historia de un hombre que vivía al revés, es decir, nacía viejo e iba recorriendo las etapas de la vida al revés hasta morir bebé y de ese cuento una de las cosas que más nos llamaba la atención era la reacción de las gentes que rodeaban al protagonista, Wilde por su parte nos cuenta la historia de un personaje que (no diremos como para no caer en el spoiler fácil…) consigue que no se le noten en su rostro ni uno solo de los años que va cumpliendo, en este caso la reacción de quienes rodean al protagonista, Gray, tienen interés pero no tanto como la actitud del propio Dorian Gray.

Los libros que el mundo llama inmorales son libros que muestran al mundo su propia vergüenza.

Podríamos leer El Retrato de Dorian Gray incluso como una novela de crecimiento (salvando el mundo de distancias que hay entre esta novela y novelas de crecimiento al uso como El Retrato del Artista Adolescente de Joyce); el relato comienza en la tierna jueventud del protagonista, tenía unos 17 años, y termina en su madurez, una novela que nos hará pensar en las cosas del azar y la suerte, del buen y el mal fario y también en como el ser humano no actúa igual frente a la gente que a su espalda ¿cómo nos comportamos cuando tenemos la certeza de que nadie se enterará jamás de nuestros pecados? ¿qué uso damos entonces a nuestro libre albedrío?.

Eso así, a grandes rasgos, porque luego están las cosas pequeñas, las reflexiones de cosas concretas y sencillas que, como decíamos al principio, rozan a veces lo revolucionario: que la belleza auténtica termina donde empieza la intelectual, defiende el mordaz Henry Wotton, eso y que el intelecto rompe la armonía de cualquier rostro; Basil por su parte se permite no sólo enaltecer la belleza alimentando el narcisismo de Dorian Gray sino también la mediocridad porque, según él, hay un destino adverso ligado a la superioridad corporal o intelectual (recuerda ésto cuando estés terminando de leer la novela…), según Basil los feos y los estúpidos son los que mejor lo pasan en el mundo.

Las buenas influencias no existen (…) toda influencia es inmoral (…) porque influir en una persona es darle la propia alma. Esa persona deja de pensar sus propias ideas de arder con sus pasiones. Sus virtudes dejan de ser reales. Sus pecados (…) son prestados. Se convierte en el eco de la música de otro.

La verdad tampoco acaba de salir bien parada en esta novela, claro que discurre en una sociedad que llegaba a considerar la verdad como un feismo por lo que no es de extrañar, en este sentido es Henry quien se expresa con mayor claridad en contra de lo que llama la razón bruta (la verdad sin matices…), no está bien utilizarla, dice, claro que también es él quien defiende el individualismo y la necesidad de romper con las normas sociales; pero más que sus reflexiones acerca de la verdad o la corrección social nos interesan las que hace sobre la capacidad de influir sobre los demás ¡cuán seductor resulta para el influencer ver el efecto de sus palabras en los demás! llega a ser adictivo, diríamos, y, como dice Henry, inmoral.

La fidelidad es a la vida de las emociones lo que la coherencia a la vida del intelecto, simplemente una confesión de fracaso.

Podríamos seguir destacando temas y planteamientos pero te desvelaríamos más de lo recomendable para tu propio disfrute de la novela, sólo te diremos, para terminar, que si es verdad eso que dice Dorian Gray en la novela, que la vida es la primera de las artes y hemos de entender El Retrato de Dorian Gray como el arte de vivir no a la francesa sino a la inglesa (hedonismo inglés…) ¡Dios coja confesados a los ingleses y a todos los que nos sentimos atraídos por el mundo anglosajón!.

Las palabras no se las lleva el viento

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