Edith Wharton, la escritora que demuestra lo poco y mal que entendemos la libertad.

Edith Wharton, buena amiga de Henry James y de otros personajes célebres de su tiempo como el mismísimo Theodore Roosvelt, llegó a ser mas libre de lo que ni tan siquiera ella pudo imaginar. Su vida y su obra son la muestra evidente de la libertad que se ganó a pulso.

Edith Wharton era de familia bien y de ideología conservadora, aspectos éstos que, al parecer, la inhabilitan para ser considerada feminista desde la óptica del feminismo del S.XXI y por eso se habla de ella poco y lo poco que se habla es con cierta condescendencia, aplaudiéndole sus valentías (se divorció, vivió de forma independiente, viajó tanto como quiso, escribió y publicó sus obras…) y afeándole sus pecados (el mayor de todos ellos, ser de ideología conservadora y estar en contra el voto femenino en la cuestión del sufragio universal). No seré yo quien justifique el no de Edith Wharton al sufragio femenino como no he sido jamás de las que justificaron o acallaron la misma posición por parte de Victoria Kent (por diferentes motivos, cierto es, pero ¿qué importa? ambas defendían que las mujeres no debían votar, la una desde su ideología conservadora, la otra desde el socialismo, curiosamente la existencia de mujeres como Edith Wharton era la justificación de las mujeres como Victoria Kent mientras que las mujeres como Edith Wharton… Alto. No vamos a hablar de las mujeres como Edith Wharton, vamos a hablar de Edith Wharton, una de las mejores novelistas que en el mundo han sido y una mujer librepensadora, nos guste más o menos lo que pensaba. Conozcámosla mejor.

Beware of monotony; it’s the mother of all the deadly sins.

Comenzaremos por decir que para conocer a Edith Wharton no hay que bucear en los fondos bibliográficos de las grandes bibliotecas ni vérselas con biógrafos de otros tiempos, que también, conviene empezar por leerla a ella porque escribió su propia biografía, una obra difícil de conseguir en las librerías hoy en día pero fácil de localizar si buscas entre las librerías de libros viejos y de ocasión, Una mirada atrás, se titula, y es nuestra guía para contaros hoy quién fue Edith Wharton y por qué pensamos que es una novelista que merece una lectura hoy en día.

Edith Wharton era conservadora porque fue una niña feliz a pesar de haberse educado con institutrices  y lejos de la escuela pero ¿quién no habría sido feliz viajando con sus padres por España, Italia, Francia y Alemania desde los 3 años y teniendo permiso para perderse en la biblioteca familiar? leyendo su autobiografía se descubren dos cosas: que era una mujer con espíritu crítico y relata sin rencor y también sin paños calientes aquello que no le gustaba de su familia y de la infancia que le dieron y que era una mujer que valoraba sobremanera el hogar ¿saben cómo llamaba a ‘llevar la casa’? artes domésticas; claro que para ella ‘llevar la casa’ no era barrer, fregar y cocinar… era organizar y era, sobre todo, recibir a sus amigos porque en el ambiente en el que se movía Edith Wharton la vida social se desarrollaba visitando y siendo visitada.

De niña vivió entre Italia y Francia y durante esa estancia en Europa visitó también Alemania y España; lo curioso es que vivía en Europa porque vivir en Nueva York era excesivamente caro, de modo que sus padres alquilaron su casa americana y con ese dinero vivían divinamente en Europa; así fue como aprendió la Wharton a viajar, cruzando el Atlántico por primera vez a los 3 años hasta llegar a cruzarlo ¿imaginan cuántas veces? ¡66!. Ella fue, como Henry James de quien era buena amiga, un escritor trasatlántico, un americano bien recibido en Europa.

The air of ideas is the only air worth breathing

Lo de no ir a la escuela no fue tanto por el machismo de la época como por su salud de niña, que era regular, claro que aunque no tuvo colegio tuvo biblioteca y también tuvo quien guiara sus lecturas, tuvo además interés en relacionarse con gentes de cabeza bien amueblada y logró convertirse en una importante escritora sin necesitar morirse primero para ser reconocida.

Se casó a los 23 años y resulta curioso leer en su autobiografía como pasa de puntillas sobre este hecho, sin hacer más mención de la estrictamente necesaria, tal vez porque su matrimonio no fue la fuente de dicha de su vida, porque su marido estaba muy lejos de valorar el arte literario de la Wharton y porque ni tan siquiera podían pasar en Londres las largas temporadas que le hubieran reportado a nuestra escritora las relaciones literarias que ansiaba; para culminar los males de su matrimonio, la salud del marido acabó por complicarlo todo más.

Aunque, por ser justos, conviene recordar también, como hace Edith Wharton en su autobiografía, que fue su marido quien, para cumplirle el gusto, aceptó organizar un largo crucero por el mediterráneo en el que se gastaron la asignación que tenían para todo el año sin saber muy bien como iban a sobrevivir el resto del año; la peculiaridad de este hecho es doble, por una parte porque no era ni mucho menos habitual que un matrimonio se fuese de crucero por el Mediterráneo en un yate privado, tanto es así que Edith cuenta que en uno de los puertos en los que atracaron incluso los recibió el alcalde de la localidad, tan raro era recibir un crucero; y por otra parte la suerte, la que tuvieron Edith y su señor esposo porque mientras navegaban recibieron una herencia de un pariente no muy cercano y sus problemas económicos se disiparon.

The only way not to think about money is to have a great deal of it.

Es éste un buen momento para recordar como Edith Wharton reconoce que no vivía de la literatura sino de la posición social y la herencia que había recibido y eso le permitiría hacer algo que no podían hacer todos los escritores de su tiempo: escribir con libertad.

Edith Wharton era una mujer de su tiempo y así se reconoce, asume que era complaciente, lo que la convertía en la última de las prioridades para sí misma pero era también perseverante a rabiar; puede que no le dieran la educación que ansiaba, que no tuviera acceso a la sociedad cultural que deseaba, puede que se conformara con una vida social superficial y con un entorno que se limitaba a tolerarla cuando le llegó el éxito literario pero tras la complaciente actitud con la que los trataba a todos estaba ella, ahí, perenne y permanente, tratajando cada día para lograr contar las historias que quería contar.

Volviendo a las artes domésticas, cabe decir que no era casual, a Edith Wharton le encantaba la casa, le gustaba tanto que se convirtió en toda una autoridad en su época en arquitectura e interiorismo, nadie sabía más que ella, por ejemplo, de las villas italianas del S.XVIII porque no sólo las estudió, las visitó en sus muchos viajes por Italia; también firmó un libro, su primer libro, en colaboración con un arquitecto, era un tratado de arquitectura e interiorismo que se convirtió en todo un libro de consulta indispensable y que le reportó notables beneficios económicos a lo largo de su vida.

If only we’d stop trying to be happy we’d have a pretty good time.

Es verdad que escribir tanto de arquitectura e interiorismo hizo que tanto los editores como la crítica no estuvieran muy receptivos con sus novelas, aunque sí aceptaban sus cuentos y su poesía (escribir de interiorismo entonces era algo así como escribir hoy en la prensa rosa, suponía un hándicap para ser tomado en serio como escritor y, sindo mujer, todavía más); pero ahí estaba la auténtica Wharton, la complaciente, la que lo toleraba todo sin dejar nunca de ser ella misma y trabajar por aquello en lo que creía. Y llegaron las novelas. La mejor de todas ellas, La Edad de la Inocencia, publicada en 1920 y responsable del Pulitzer que recibió por ella Edith Wharton. Etham Frome es uno de sus relatos más bellos pero dado que su propia autora, aun sintiéndose orgullosa de él, se encendía cual farolillo si algún crítico literario afirmaba que era su mejor obra, no lo diremos… Además fue la primera mujer la medalla de oro del National Institute of Arts and Letters.

La vida de Edith Wharton transcurrió sin sobresaltos aparentes, disfrutaba de su casa en el campo, The Mount, en Estados Unidos donde vivía sólo una parte del año y recibía visitas de sus amistades, entre ellas su querido Henry James, y el resto del año en Europa, en París. Pero entonces estalló la guerra y Edith Wharton no puso rumbo a Estados Unidos, primero se fue a Inglaterra porque era allí donde había alquilado una casa en el campo pero, en cuanto pudo, regresó a París y se convirtió, en cierto modo, en una de las peores pesadillas de sus compatriotas porque se dedicó a reunior fondos para apoyar a los aliados. E hizo más, viajó al frente en diferentes ocasiones llevando sumistros médisos y escribiendo después artículos que se publicarían en revistas para contar al mundo lo que estaba sucediendo. Por aquel entonces su marido ya no pintaba nada en su vida pero en su autobiografía no hace ningún comentario al respecto, sólo habla de la venta de The Mount, su casa en el campo americano, por la salud de su marido le impedía hacerse cargo de la finca, después de aquello estuvieron juntos en París pero por poco tiempo.

Lo que sabemos es que el matrimonio no fue feliz, su marido tenía padecimientos de origen nervioso y aunque estuvieron 28 años casados, sabemos que sólo su mentalidad conservadora y su respeto a la familia y a la tradición y las costumbres como esencia de la sociedad civilizada hicieron que Edith Wharton no solicitara el divorcio hasta el año 1913. Podemos suponer sin miedo a equivocarnos, aunque ella no lo cuenta en su autobiografía, que las infidelidades de su marido le sirvieron de acicate para decidirse a solicitar el divorcio, al fin y al cabo él no estaba respetando las tradiciones en las que ella confiaba como base de la sociedad, además, también sabemos que la mala relación del matrimonio le costó a Edith más problemas emocionales de los que le hubiera gustado padecer, llegó a estar ingresada en una casa de reposo.

A New York divorce is in itself a diploma of virtue.

Para ser justos hay que decir también que en los últimos años de sumatrimino, cuando Edith se encaminaba directa al divorcio a pesar de sus ideas conservadoras al respecto, ella también fue infiel a su marido con un redactor de The Times, Fullerton, pero esa relación le ayudó poco a enderezar sus maltrechas emociones porque Fullerton tampoco le era fiel, era bisexcual y mantenía a la vez una relación con un hombre.

¿Sabías que Edith Wharton era también amiga de Theodotre Roosvelt? su vida social le permitió estar muy bien relacionada, unas relaciones que utilizó para todos los proyectos quepuso en marcha con el ánimo de apoyar a los aliados, algo que hizo sin convicción, pensando que otros podrían hacerlo mejor que ella, pero lo hizo porque, como ella misma reconoce, era lo que había que hacer.

El alma viajera de Edith Wharton la hizo regresar a España en varias ocasiones, en una de ellas recorrió el Camino de Santiago (el clásico camino francés) y en su autobiografía habla maravillas de los lugares que descubrió, aunque reconoce que ni tan siquiera después de ver tantos lugares bellos pudo evitar sorprenderse y sobrecogerse ante el Pórtico de la Gloria de la Catedral de Santiago.

El mundo es un cenagal y lo ha sido siempre pero (…) acá y allá un santo o un genio envía un tenue rayo de luz.

Durante los últimos años de su vida mantuvo su pasión por la lectura y la escritura pero las penas le pesaban, especialmente las que llegaron con la muerte de sus amigos más queridos, Henry James entre ellos; lo cierto es que leer la vida de Edith Wharton contada por ella misma, en una autobiografía en la que omite detalles personales propios de la prensa rosa y se centra en lo que era realmente importante en su vida y en su obra; tal vez nos quedemos con las ganas de saber cómo era, contado con su propia voz, su relación con su marido pero no resulta menos delicioso leerla hablar de Henry James o Theodore Roosvelt, también de Jean Coteau o Sinclair Lewis (a ella le dedicó su célebre novela Babbit), como podríamos hablar nosotros de un buen amigo.

¿Cómo era Henry James, a quien Wharton reserva todo un capítulo de su autobiografía, a ojos de Edith Wharton? tendrás que leer Una Mirada Atrás para saberlo, nosotros hoy sólo te presentamos a Edith Wharton.

La vida es la cosa más triste que existe, después de la muerte; sin embargo siempre hay nuevos países que ver, nuevos libros que leer…

Decíamos nada más empezar esta noticia que Edith Wharton era, es, la escritora que demuestra lo poco y mal que entendemos la libertad porque siendo la antítesis de cualquier espíritu revolucionario ejerció su libertad durante toda su vida respetando la de los demás, vivió como pudo y como quiso, escribió libremente respetando a crítica y editores pero sin permitir que movieran un ápice de sus ideas acerca de lo que quería y escribir y como quería hacerlo, hizo lo que consideró que debía hacer por los demás y por si misma, no fue perfecta y no tenemos por qué compartir sus ideas para afirmar, sin que nos tiemblen las letras, que fue una mujer libre por su propia convicción de serlo. Y, curiosamente, acabó ganándose el respeto de quienes la conocían bien.

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