Los Dublineses a ojos de James Joyce.

¿Qué tal un libro de relatos a modo de serie de TV para aderezar los próximos días? Dublineses se nos antoja una magnífica recomendación.

Nuestra primera recomendación de James Joyce fue el Retrato del Artista Adolescente, un libro complejo (aunque no tanto como el Ulises) pero también muy representativo de su autor; aunque lo cierto es que cabe que sea por el empeño de los eruditos en meternos el Ulises por los ojos y, ante la dificultad de tamaña lectura, hacer lo propio con el Retrato, que nos perdamos al Joyce que sí se le entiende y no porque simplifique su modo de contar historias sino porque sabe hacerlo de un modo más ordenado como lo hace, de hecho, en Dublineses. Por eso hoy, asumiendo que tal vez te hayas atrevido con el Retrato o tal vez no, te recomendamos sin miedo y sin prudencia alguna esta recopilación de quince cuentos que te acercará a un país en tiempos revueltos como lo era Irlanda en los tiempos en los que buscaba su identidad y su independencia. Fue en aquel tiempo convulso cuando Joyce miró a sus vecinos dublineses y les escribió quince cuentos.

No se trata de quince cuentos para dormir ni para no dormir sino quince historias de corte costumbrista que desvelan como eran, a ojos de Joyce, los dublineses a principios del siglo pasado; no busques un hilo conductor ni una telenovela, tampoco una gran aventura ni una pizca de misterio, terror u otras grandes emociones, eso no es lo que encontrarás en esta magnífica obra de Joyce, lo que sucederá ante tus ojos si te dejas llevar por este excéntrico escritor es que verás como, cuento a cuento, Dublin se va pintando ante ti como si de un lienzo se tratara y al acabar un cuento buscarás con determinación el siguiente para pintar nuevas calles y nuevas gentes en tu cuadro porque, en contra de lo que puede parecer al principio de la lectura, Dublineses es un libro que esconde mucha tensión, la de una ciudad en un estado de disgusto, hastío, apatía y rebeldía… un estado prebélico que derivaría en una guerra y en la independencia de Irlanda del Reino Unido pocos años más tarde.

Cada año que pasa siento de un modo más nítido que nuestro país no tiene tradición a la que deba más honor y con la que se sienta más celosamente comprometido que esa que procede de su hospitalidad.

El Dublín que nos pinta Joyce es el de principios del S.XX, los últimos años de Irlanda como parte del Reino Unido, el libro se publicó en 1914, en 1919 se proclamaría la República de Irlanda, una suerte de estado asociado al Reino Unido y dos años más tarde, en 1922, llegaría la partición de Irlanda y la designación de Dublín como capital del Estado Libre de Irlanda; el Dublín del que habla Joyce es el que se desmoronaba bajo el mando de la Gran Bretaña protestante y la influencia de la Iglesia católica, un Dublín, una Irlanda, en búsqueda constante de identidad a pesar de estar sometida a tamañas fuerzas.

El repaso que hace Joyce a ese Dublín a medias apático y a medias convulso no es un repaso desordenado y, aunque los 15 cuentos que componen este relato, son independientes, cada uno de ellos pinta a unos habitantes de Dublín en diferentes estadios de su vida (niños, adolescentes, adultos y ancianos) pero todos sometidos al intenso, gastado y paralizado ambiente de la ciudad.

Primero sabemos de la muerte del Padre Flynn y descubrimos como algo tan irreversible como la muerte despierta, emocionalmente hablando, a los personajes que hablan acerca de él, descubrimos apatía, aburrimiento, desinterés e incluso cierta desazón pero ninguna de las emociones que asociamos a la sensación de pérdida irreparable, no vemos dolor, si acaso algo de pena, la justa, apenas nada; lo que si vemos es una inmensa resignación pero no sólo ante la muerte sino también ante la vida ¿era eso lo que detestaba Joyce? cabe que sí porque esa resignaciónes parte indisoluble de la parálisis a la que, según palabras del propio Joyce, estaba sometida no sólo la ciudad de Dublín sino Irlanda entera.

Su experiencia del mundo le había amargado el corazón. Pero no había abandonado toda esperanza.

En el segundo de los cuentos Joyce nos hace acompañar a un par de estudiantes que se fuman un día de clase para vivir la vida loca por Dublín, claro que Dublín no era una ciudad para muchas locuras y la única que vivieron fue la de encontrarse con un anciano cuya conversación los alteró, sobre todo a uno de ellos, hasta llevarlo a sentir miedo.

El tercero de los cuentos nos lleva de nuevo a la parálisis porque ya al principio de la historia sabemos cuál es la intención del protagonista: ir a una feria y comprar un regalo a su enamorada, pero la ciudad parece confabularse contra el joven enamorado para frustrar sus intenciones y no de un modo emocional sino de un modo absurdo tras otro.

Eveline, la protagonista del cuarto cuento, se enamora de un marinero para disgusto de su familia pero ella, de alma libertaria, planea su fuga con él… ¡ja! estamos ante el Dublín paralizado y conformista en el que las almas libertarias no existen, según avanza el cuento Eveline va viendo su vida menos gris, se va conformando y el riesgo de la fuga es finalmente demasiado grande para ella.

Mejor pasar temerariamente a ese otro mundo, en plena gloria de alguna pasión, que decaer y ajarse funestamente con la edad.

Los protagonistas de los Dublienses de Joyce crecen pero no se puede decir que evolucionen, el quinto cuento nos muestra a un joven, Jimmy Doyle, que trata de ser lo que no es pero no con el arrojo propio de la juventud sino con cierto aire de inconsciencia y fatalidad tan propio del Dublín que retrata Joyce.

Y así podríamos seguir hasta desvelaros unas líneas de cada cuento pero no diremos más porque ¿dónde queda entonces la gracia de la lectura? Joyce contiua pintando Dublín a mano alzada a través de personajes que se nos antojan terribles: estafadores, madres manipuladoras, jóvenes carentes del ímpetu de la juventud, gentes frustradas, acomplejadas, egoístas redomados, borrachos, amores que pudieron haber sido y nunca fueron (en el Dublín de Joyce por no haber no hay ni amores perdidos porque para perderse primero tendrían que ser y eso es mucho pedir a una ciudad paralizada)…

Llegarás entonces al último de los cuentos, te recomendamos que te prepares un té o un café, que te acomodes en el sofá y disfrutes de un cuento que es más un relato breve, casi una novela corta, no sobre el sentido de la vida, eso sería muy positivo para los Dublineses de Joyce, sino sobre su sinsentido.

Sintió la rectitud de su vida como una corrosión, se dio cuenta de que había sido proscrito de la alegría de vivir.

Si eres un amante de la literatura costumbrista devorarás esta recopilación de cuentos como si de una tableta de chocolate se tratara, si te pierde la historia lo harás igualmente porque no hay mejor alimento para la mente amante de la historia que un buen relato costumbrista; y si no eres lo uno ni lo otro no debes dudar en echarte a los Dublineses de Joyce a tu lista de lecturas porque leer a Joyce es leer a uno de los grandes y porque esta obra nos recuerda como las sociedades puede evolucionar e involucionar hasta implosionar e incluso destruirse… claro que también sabemos que siempre se reconstruyen (nada como pensar en el Dublín de hoy para saber que, efectivamente, así es).

Las palabras no se las lleva el viento

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