Charles Dickens, el escritor que nunca quiso estatuas.

Charles Dickens, uno de los mejores novelistas de todos los tiempos, comprometido socialmente, discreto a rabiar, generoso… y quién sabe qué más…

Lo primero que hemos de decir de Dickens es que escribió como vivió, el suyo era un talento innato, tenía la maravillosa habilidad de contar historias y las que contó salieron, en gran medida, de su propia vida, dicho de otro modo, Dickens contaba lo que veía, lo que creía, lo que defendía e, indudablemente, lo que se le ponía en las ganas, lo hacía además a años luz de cualquier cosa que se pudiera llamarse erudición porque trabajando desde los 12 años de edad, no tuvo demasiado tiempo para el estudio, el justo para empaparse de los libros que por avatares del destino caían en sus manos ¿sabes cuál era uno de sus favoritos? El Quijote.

A Dickens le encantan las novelas picarescas, era un tipo con un fino sentido del humor y una magnífica capacidad para desarrollar la más mordaz de las críticas sociales sin despeinarse y a todo ello podríamos decir que le enseñó la vida ¿cómo lo sabemos? volvamos a nuestra afirmación primera: Dickens escribió como vivió, si escribió acerca del trabajo infantil fue porque lo sufrió y lo hizo además sintiéndose terriblemente solo porque cuando su madre recibió una herencia y tuvo la oportunidad de rescatarlo de la indignidad e indecencia de trabajar de sol a sol a los 12 años de edad, no lo hizo sino que utilizó el dinero para sacar de la cárcel a su padre que estaba preso por impago de sus deudas. Aquella fue una de las razones, que no la única, por la que Dickens se definía a sí mismo como un niño pequeño y poco cuidado… Pero empecemos por donde corresponde, por el principio.

¿Sabías que el apellido Dickens fue en origen una maldición inventada por Shakespeare? de tanto decir What de Dickens! para evitar blasfemar con un sonoro What de Devil! Shakespeare acabó oficilializando la palabra.

Charles Dickens nació el 7 de febrero de 1812 en el seno de una familia de clase media que, como se demostró con el paso del tiempo, aparentaba más de lo que en realidad era; su infancia transcurrió sin pena ni gloria alguna y con el  lastre de no comenzar su educación reglada hasta la edad de 9 años; era, eso sí, un lector voraz y su imaginación se alimentaba de todos y cada uno de los libros en los que metía la cabeza tanto como de su propia vida y de todo lo que lo rodeaba; este gran novelista victoriano tenía mucho de costumbrista; su educación duró un suspiro, tres años, porque a los 12 años comenzó a trabajar y ello después de haber pasado un tiempo en una casa de acogida porque, al ser condenado su padre a una pena de cárcel, la familia se trasladó a vivir con él entre rejas (algo que nos parece inaudito hoy en día pero que entonces era de lo más común) salvo el bueno de Charles, que iba a visitar a su padre (y al resto de la familia) los domingos.

Dickens recordaba con dolor su tiempo de trabajo, como niño, en la fábrica de betún (que era además propiedad de unos familiares de su madre) y recordaba con mayor angustia aún el empeño de su madre en que permaneciera en ella aun después de sacar a su padre de la cárcel, diez horas diarias de trabajo por unos pocos chelines que apenas alcanzaban para nada… ¿no te hace ésto pensar en David Coperfield? cuentan sus biógrafos que es la novela más autobiográfica de Dickens.

Con 15 años comenzó a trabajar en un despacho de abogados y después como taquígrafo judicial, su vida comenzaba a mejorar y podía echar al olvido (o intentarlo al menos) sus días de pegar pegatinas a los botes de betún; era todavía poco más que un adolescente cuando comenzó a trabajar de reportero, trabajo que lo llevaría a ser cronista parlamentario. Se casó a la edad de 24 años y se estableció en Bloomsbury -barrio que sería después el hogar de Virginia Woolf entre otros ilustres escritores-, el matrimonio tuvo 10 hijos.

La vida profesional de Dickens, salvo alguna que otra discrepancia de línea editorial… iba viento en popa, trabajaba como cronista para varidos periódicos y sus novelas, publicadas en muchas ocasiones por entregas, causaban furor; Dickens fue uno de esos escritores que pudo saborear las mieles del éxito cuando todavía tenía vida para hacerlo; viajó a Estados Unidos en más de una ocasión y disfrutó de la admiración que despertaba su obra en muchos lugares, era hijo predilecto de la ciudad de Edimburgo y si bien en Estados Unidos fue recibido con cierta frialdad por su crítica de la esclavitud, pronto olvidaron los americanos aquella afrenta, en cuanto Dickens publicó Canción de Navidad, el cuento que iba a ser una canción y acabó convertido en una de las obras más notables de la literatura universal.

¿Sabías que Dickens fue el primer escritor en utilizar la palabra detective en sus novelas? no iba a ser Shakespeare el único que se sacara de la manga palabras nuevas…

Cuentan las crónicas que el éxito no volvió loco a Dickens, es más, aprovechaba su fama para defender aquello en lo que creía, en lo que había creído siempre, causas como la lucha contra el trabajo infantil, la esclavitud o la pena de muerte encontraron en él a un gran aliado pero el bueno de Dickens fue más allá, él fue el artífice de Urania Cottage, una especie de casa de acogida para mujeres en lo que hoy llamaríamos situación de exclusión social; el propio Dickens buscaba a mujeres en las cárceles o en las calles, las entrevistaba y, si veía interés y posibilidades en ellas, les ofrecía un año de estancia en Urania Cottage, allí no sólo aprendían a leer y a escribir sino también a cuidarse y a cuidar su casa para poder después trabajar y salir adelante en la dura vida de la época, cuentan que más de 100 mujeres se beneficiaron de este programa subvencionado por Dickens.

A partir de 1850 la vida de Dickens dio un giro o, tal vez, el giro que llevaba tiempo fraguándose; se divorció de su esposa aunque no oficialmente (de hecho siguió haciéndose cargo de los gastos de la casa) y cuentan que retomó la relación con un antiguo amor pero en su época poco se hablaba de ésto porque o bien era Dickens muy discreto o más listo que los paparazzi del momento; una de las ocasiones en las que el secreto pudo saltar por los aires sucedió en Francia porque nuestro escritor, que viajaba con su amante, sufrió un accidente de tren; cuentan las crónicas que como su vagó fue el único que no cayó pendiente abajo al descarrilar el tren, el bueno de Dickens pasó horas ayudando a las víctimas y desapareció a tiempo de librarse de la investigación del accidente que destaparía, sin duda, que no viajaba solo. De esta historia, como de la de su tiempo de trabajo infantil, sacaría Dickens otra idea, una que plasmaría en un cuento de terror, El Guardavía.

Cuando estaba ya al borde del divorcio, Dickens recibió la visita en su casa, previa invitación, de un famoso cuentista, Hans Christian Andersen; hasta la fecha habían sido amigos y, tras la visita, dejaron de serlo por siempre jamás ¿a santo de qué? cabe que hubiera algo de malentendido en todo aquello, también algo de un carácter como poco complicado por parte del bueno de Dickens que estaba enfrascado en su trabajo y cabe que algo tuviera también que ver la peculiar forma de ser de Andersen, que no parecía encajar mucho con una familia victoriana; el caso es que no discutieron ni nada por el estilo, es más, de las dos semanas que iba a durar la visita acabó durando cinco y cuentan que cuando Andersen se fue lo hizo sin saber la paz y el descanso que dejaba tras de sí, tanto era así que Dickens entró en la habitación que había ocupado el invitado en cuestión y dejó un mensaje en el espejo: Hans Andersen durmió en esta sala durante cinco semanas que a la familia nos parecieron siglos.

¿Imaginas asistir a la lectura de una gran obra, tal vez una del propio Dickens, y encontrarte a nuestro escritor libro en mano poniendo voz a sus historias? Dickens adoraba el teatro y sus lecturas eran admiradas por su magnifico trabajo de voz, no se limitaba a leer, ponía voces diferentes para los personajes que él mismo había creado.

Epitafio: fue simpatizante del pobre, del miserable, y del oprimido; y con su muerte, el mundo ha perdido a uno de los más grandes escritores ingleses.

En 1870 Dickens moría de una apoplegía y recibía sepultura en el rincón de los poetas, en la abadía de Westmister; fue un hombre discreto a pesar de su fama, uno de esos  que no quería ser portada de revista y por eso pidió expresamente que no se levantasen estatuas en su nombre y, si bien en Inglaterra se respetó su santa voluntad, en Filadelfia decidieron que, quisiera o no, merecía una estatua y en 1981 levantaron la única estatua a tamaño natural de este célebre escritor inglés.

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