James Joyce, el malhablado ratón de biblioteca al que todos dicen admirar y pocos entienden.

James Joyce, el escritor al que no entendía ni su mujer, era un tipo mal hablado, introvertido, derrochador… y autor de una de las obras más innovadoras de la literatura universal, Ulises.

James Joyce es, probablemente, el clásico de la literatura universal más complejo al que podemos enfrentarnos; para leerlo, especialmente el Ulises, su obra magna, hay que echarle valor, diría que es incluso uno de esos autores para leer con el libro en una mano y un gin tonic en la otra… eso, o leerlo como él escribía, con una biblioteca en la cabeza y otra a nuestro alrededor, consultando cada cita, cada mención, adentrándonos en la incuestionable erudición de Joyce y su Ulises para comprenderlo, si es que eso es posible y es que hay quien dice que ni el propio Joyce entendía del todo lo que escribía porque en realidad, no hay nada que entender; Joyce es por encima de todo un escritor de técnica, innovador hasta lo inimaginable, para él las historias eran algo así como un mal necesario o, a lo peor, ni eso, ¿quién necesita una historia cuando hay tanto que contar? suena contradictorio pero no lo es, digamos que Joyce es de los escritores que se centra mucho más en cómo contar una historia que en la historia en sí. Y como queremos entenderlo, al menos en la medida de lo posible, vamos a empezar por saber algo de quién era en realidad James Joyce.

James Joyce era un tipo complicado de pies a cabeza tanto por su propia forma de ser, por sus ideas, por sus enfermedades, por su educación y por los avatares de la vida; tenía fobias -a los perros porque uno le atacó cuando era niño y no quiso después saber nada más de los canes y a las tormentas porque según los jesuitas que lo educaron representaban la ira de Dios-; Joyce, que era un irlandés católico, tenía una sola filia, la literatura, aunque eso no le impidió casarse y ser un padre muy unido especialmente a su hija, una niña de nombre Lucía a la que le diagnosticaron esquizofrenia con poco más de 20 años; a Joyce le gustaba beber (no precisamente agua mineral) y no se privaba a pesar de tener problemas de diabetes y serios problemas en los ojos, un glaucoma lo dejó ciego de un ojo pero, además, era algo así como un culo inquieto y cambió de residencia unas 20 veces que incluyeron cambios también de país, de hecho nació en Dublín pero murió en Zurich con una pregunta en los labios ‘¿alguien entiende?’ recuerdo la primera vez que abrí el Ulises y comenzé a leerlo, ‘no’ pensaba ‘nadie entiende’ (claro que era un ‘nadie’ mayestático…).

Ese momento, ese en el que reconoces que no entiendes, es el momento crítico, es entonces cuando o bien abandonas la lectura y cambias de novela (como hizo Virginia Woolf después de 200 páginas que fueron para ella de puro aburrimiento) o te dejas llevar, sigues leyendo  a ver qué pasa, no tratando de entender sino simplemente leyendo y esperando a que todo cobre sentido; tal vez lo haga o tal vez no pero siempre puedes dártelas de erudito y decir que tú sí has leído a Joyce (con suerte nadie te preguntará si lo has entendido y, si lo hacen, siempre puedes recurrir a Carl Jung, famoso psiquiatra suizo contratado por Joyce para tratar a su hija que acabó concluyendo que tan esquizofrénico era el padre como la hija).

Claro que no todo en Joyce es técnica porque Joyce es mucho más que el Ulises por mucho que esa obra sea el Quijote de la literatura escrita en lengua inglesa, también es Dublineses y el Retrato de un artista adolescente entre otras obras. Pero de eso ya hablaremos, hoy estamos conociendo a Joyce, al escritor más que a su obra, hoy tratamos de responder a la pregunta ¿¡pero quién ha escrito ésto, por Dios?!.

Su educación católica estaba arraigada en sus convicciones muy a su pesar, algo que no le impedía el uso fluído de los tacos, palabrotas, palabras mal sonantes o, como consta en el Libro de Castigos del colegio Conglowes en el que estudiaba a la edad de 7 años, palabras indecente; ya entonces era para él un hábito utilizarlas y, a pesar de los castigos, lo seguiría siendo a la largo y ancho de su vida tanto como su rechazo de la fe y la religión; estudió idiomas -inglés, francés e italiano-, también gramática comparada en la Universidad de Dublín; por aquel entonces en los ámbitos culturales se promovía el gaélico como lengua de los irlandeses y las corrientes nacionalistas utilizaban esa lengua como vehículo para justificar su búsqueda del origen irlandés desvinculándose de lo inglés; contrario a estas corrientes, Joyce siempre defendió el inglés como lengua materna de los irlandeses y consideraba el auge del gaélico como una mera corriente promovida y alimentada artificialmente, en definitiva, en Joyce tenemos a un escritor, uno más, de los que se posicionó siempre contra las tesis nacionalistas y en el uso interesado que éstas hacen de las lenguas porque, además, si algo no se le puede negar a este escritor es el amor a su patria, Irlanda, prácticamente toda su obra está consagrada a ella. Decía Unamuno que el nacionalismo se cura viajando y cabe que Joyce sea un buen ejemplo de ello porque viajó mucho, detestó el nacionalismo y amó a su patria.

En 1902 se marchó a París para estudiar literatura (hay quienes dicen que era medicina lo que pretendía estudiar pero eso es ya en realidad lo de menos porque su estancia en la ciudad francesa fue breve, tuvo que regresar a casa porque su familia atravesaba problemas económicos y no sólo no podían costear su estancia en la glamourosa capital de Francia sino que necesitaban su ayuda, su madre estaba enferma de cáncer y su muerte fue un duro golpe para Joyce; fue entonces cuando comenzó a trabajar como profesor además de perderse por los bajos fondos de Dublín y meterse en más de un lío aunque tampoco fue ésta una etapa larga, en 1904 no-se-casó con la que sería su compañera por siempre jamás, Nora y se marchó junto a ell a la ciudad suiza de Zurich, dos años más tarde se trasladó a Trieste, en Italia, y costeó su vida de nuevo como profesor de inglés. Sus publicaciones en revistas y algunas charlas le ayudaban también a salir del paso.

La vida de Joyce da para un libro de viajes, en 1907 publicó su primer libro y en 1909 volvió a Dublín con la intención de publicar Dublineses, un compendio de relatos sobre las gentes de la capital irlandesa, lo haría algunos años más tarde porque para entonces se llevó uno de los disgustos (aunque sería más exacto decir sustos) de su vida; un tipo de caracter complicado como Joyce tenía por fuerza más de un enemigo y varios de ellos organizaron un complot haciéndole creer que Nora, su pareja y madre de su hijo, le había sido infiel, que era incluso posible que él no fuera el padre del niño; tras un tiempo de concienzuda investigación descubrió el monumental engaño. En 1912 hizo de nuevo un viaje de Italia a Dublín para seguir adelante con la publicación de Dublineses, algo que ocurriría en 1914. Sus problemas económicos eran graves, como lo fueron toda su vida por su poco afán de ahorro y los muchos gastos que afrontó por la enfermedad de su hija. Durante el verano de 1914 estalla la Primera Guerra Mundial, durante ese tiempo Joyce vivió entre Zurich y Locarno y escribió una de sus obras más destacadas, El Retrato de un Artista Adolescente, novela que se publicaría en 1916 en Nueva York. La salud de nuestro escritor entraba ya en un deterioro irremediable.

Muchos críticos consideran al Retrato como obra previa al Ulises y, en lo que a tiempos de escritura se refiere, así es; a partir de 1916 Joyce se centra en el Ulises y lo publica en 1922, momento en el que decide trasladarse a Inglaterra desde París, donde vivió desde 1920 hasta 1940 aunque viajando regularmente a Suiza para tratar sus problemas en los ojos, en Londres pasaría una corta temporada mientras comenzaba a trabajar en la que sería su última novela, Finnegans Wake; en 1939 estalla la Segunda Guerra Mundial y Joyce busca de nuevo refugio en Zurich, por aquel entonces ya estaba ciego de un ojo y con la visión muy limitada en su ojo sano, no llegó a ver el final de la Segunda Guerra Mundial y se despidió del mundo en 1941. No hubo funeral católico porque, en palabras de su propia esposa, ‘no podría hacerle a él tal cosa’.

Dicen de él que era un tipo complicado, de naturaleza introvertida, concienzudo y perseverante, que jamás olvidada ni perdonaba nada, innovador y vanguardista hasta el infinito en lo que a la lengua y la literatura se refiere y con una debilidad confesada, su hija Lucía; era también un hombre muy sentido y le ofendían profundamente preguntas como ‘¿Por qué no escribes libros normales para que la gente corriente pueda entenderlos?‘ incluso aunque vieneran de alguien tan querido para él como su mujer, con la que convivió desde 1904 pero con la que no contraería matrimonio hasta 1931.

Sea como fuere no pudo quejarse Joyce de la crítica porque, si bien tenía sus detractores y había quien lo consideraba incomprensible cuando no aburrido, tuvo también grandes valedores: T.S. Eliot decía que el Ulises era un libro con el que todos estamos en deuda, H.G. Wells se declaró públicamente admirador de Joyce y Ezra Pound lo invitó a escribir en la revista que dirigía además de ser el ‘culpable’ del traslado de Joyce a París en 1920 con la intención de que sus obras fueran traducidas al francés, Yeats, como Samuel Beckett, además de admirador, era buen amigo suyo.

Éste es, en unas 1600 palabras, James Joyce… ¿te atreves con su obra? un consejo: empieza con el Retrato de un artista adolescente, ya habrá tiempo de vértelas con el Ulises.. Y no creas que es un consejo al azar ni propio de cobardes, es el que un día recibimos todos los estudiantes de una clase de literatura inglesa en la universidad, venía de un catedrático de la asignatura que comenzó el año con un empeño, hacernos leer a Joyce, aprender a disfrutarlo y no padecerlo.

 

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